Otra vuelta a las vueltas del amor. Por Susana Grimberg

“Necesitaba de otro. / Otro igual a él, / espejo de él, / con él, / contra él, / frente a él.
Ese otro se hizo mujer. / La nombró. / Incomunicados/ se malentienden / se equivocan / se desean / se aman.”
( Sinfonía mayor. Susana Grimberg. Ed. Ruinas circulares (2010)

Por Susana Grimberg. Psicoanalista y escritora.

El miedo a amar
Es extraño que, si bien las parejas, hoy en día, pueden elegir el modo de convivir, compartir cuestiones respecto del manejo del dinero, incluso lograr una mayor libertad sexual, el miedo a partir del hogar familiar, más el miedo a convivir con la persona elegida, ¿amada?, se han intensificado.
No deja de sorprendernos que la convivencia, produzca tanto sufrimiento cuando en nuestros tiempos hay mucha más libertad. Sin embargo, si bien algunas cosas se modificaron, las fuentes del sufrimiento también, causadas por la superficialidad de los sentimientos tanto como por los malentendidos producidos por el mismo lenguaje.
El sociólogo Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido, nos habla de la fragilidad de los vínculos humanos, a causa de que el consumo sin freno y sin límites éticos, ha marcado el modo de amar de los seres humanos, de un modo tal que los miembros de la pareja pueden ser considerados, por ambos, casi al unísono, como descartables. Es que los vínculos duraderos despiertan el temor de una dependencia paralizante, al tiempo que, según Bauman, tampoco parecen rentables desde la lógica comercial.
En este contexto, al independizarse la sexualidad cada vez más del amor, adquiere las formas de una transacción circunstancial y los vínculos amorosos pueden disolverse con gran facilidad.
Debemos tener en cuenta que el enamoramiento, siempre presente en la vida de hombres y mujeres, lo va a ser en la medida en que encuentran en el otro, rasgos particulares que recuerdan a las experiencias de amor de la vida infantil (Freud). Esta característica del enamoramiento posiblemente constituya una de las razones de la presencia de la pareja con proyectos duraderos en las diferentes culturas. El deseo de formar una familia, como señala E. Roudinesco, no solo no se ha extinguido sino que se ha redoblado en nuestros días.
En el Talmud, desde el momento en que para el pensamiento judío no hay verdades absolutas, podemos descubrir cómo los mismos exégetas bíblicos no se ponen de acuerdo en diversos puntos que hacen a la vida misma. Esta cuestión, se torna más evidente en lo que hace a la vida de una pareja.
Malentendidos en la vida de una pareja
En mi última nota “Las vueltas del amor”, elegí como acápite la siguiente poesía de Antoine Tudol: Entre el hombre y la mujer, está el amor. / Entre el hombre y el amor, hay un mundo. / Entre el hombre y el mundo, hay un muro.
Estos versos además de dar cuenta del malentendido que se produce por el hecho mismo de hablar, muestran que la incomunicación es inherente al orden de lo humano. ¿Por qué? Por que entre dos, dos personas o una persona y el mundo, hay un muro y ese muro es el lenguaje.
Como ustedes saben, la palabra es no-toda, quiero decir que ninguna palabra encierra una verdad o un significado absoluto porque el sentido de lo que se dice, surge al poner a cada palabra en relación con otra. Entonces, si el lenguaje arma el muro, la comunicación es difícil de lograr desde el momento en que cada palabra, y cada frase, pueden tener diversos sentidos y depende de la interpretación que cada uno haga respecto de lo dicho. La torre de Babel es una metáfora de la comunicación entre personas que hablan, se mal entienden y se desentienden en el mismo idioma.
El amor, aún en nuestros días, es el tema principal no sólo en la literatura sino en el cine. Son muchos los que deberían volver a ver, por ejemplo, “Cinema Paradiso” (Italia, 1988), película que si bien trata del amor, muestra el amor en todas sus formas, el amor por los padres, por los hermanos, el amor entre un hombre y una mujer, el amor a Dios.
Lo mencionado nos lleva a hablar del enamoramiento, un estado que “recuerda más a los fenómenos anímicos anormales que a los normales” (Freud, 1912). Es posible hablar desde el amor a sí mismo hasta la elección de un objeto de amor, al que los enamorados se refieren a través de canciones, poemas, cuentos y novelas, en las que se intenta describir los sentimientos ante su presencia y, por qué no, la ausencia de amor.
Como a Freud le atraían los mitos griegos, llamó “narcisismo” a un conjunto de características psicológicas sobre la base del mito griego de Narciso, que despreció a la ninfa Eco y al verse un día reflejado en el agua e intentar apoderarse de esa imagen, sin saber que era la suya propia pero que para él era un ideal, murió ahogado. Al rechazar el amor por un otro distinto, y entronizar su yo como el objeto único de amor, Narciso muere.
El narcisismo, normal en un estadio dentro del desarrollo psicosexual, puede cobrar dimensiones psicopatológicas: la psicosis, por ejemplo. Lo cierto es que del amor a sí mismo, el sujeto pasará al amor por un otro separado, distinto de él.
En mi novela “El espejo de las palabras”, dice la protagonista que uno se ve en las palabras del otro, a lo que le agrego que esto es así porque el mismo lenguaje es un espejo. Por eso la importancia de saber elegir las palabras que se dicen al otro, para no agredirlo, descalificarlo, humillarlo.
Los seres humanos no han renunciado a convivir y reproducirse y, los que resuelven no casarse, no por eso renuncian a la vida en pareja ni a compartir un hogar. Coincido con Santiago Kovadloff, con que no se aspira al aislamiento sino a la convivencia, sea ésta la que fuere y con quien fuere.

El amor en los tiempos en los que la velocidad es un ideal
Estaba conversando, con una querida amiga, la escritora Liliana Díaz Mindurry, sobre el amor en los tiempos del consumo, de la rapidez, de la superficialidad en las relaciones amorosas, cuando tropezamos con la cuestión de lo alejadas que están las parejas de un compromiso afectivo real. Hablamos, también, de las parejas que se disuelven al poco tiempo de convivencia por sentir que la “costumbre”, obstaculizaba el enamoramiento, la pasión, el deseo. Sin embargo, George Bataille, escribió: “El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce”.
En otro orden de cosas, nos llamaba la atención la dificultad de los miembros de cada pareja para compartir, inmersos en el afán de competir que se observa en las relaciones humanas en general.
En mi nota sobre “Familias ensambladas”, Comunidades Nº 498 (30/03/2011), sostuve que el matrimonio por amor es un logro de la libertad. En “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud señaló que el ser humano “toma el amor como punto central y espera la máxima satisfacción del amar y ser amado”. El amor sexual era considerado entonces el método por excelencia para conseguir la felicidad. Y esta idea hoy sigue manteniendo su vigencia.
George Bataille, sostiene que lo más grave que viene sucediendo con las parejas es que, consideran al hábito en el matrimonio como lo que apaga la intensidad de la pasión y, que al erotismo repetido se le atribuía la ausencia de placer. Sin embargo, considero que sin una secreta comprensión de los cuerpos, que sólo a la larga se establece, la unión es pasajera y muy superficial. “El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce” (Bataille)
Cuando Zigmund Bauman insiste en que en la “sociedad líquida” el viento se lleva las palabras, yo considero que “palabra y piedra lanzadas no retroceden”. El descuido por el otro al proferirlas, puede dañar profundamente al otro de la pareja. Por otra parte, es esencial ponerle palabras a los sentimientos amorosos además de que decir, es decir a tiempo. Al ser el lenguaje, el espejo en el que nos miramos, las palabras de reconocimiento producen una satisfacción inmediata. Es por la vía de la palabra y no la de los objetos que la pareja puede encontrarse mucho mejor. Dar lugar a la palabra permite que sea posible confiar en el otro, ahuyentar temores y, recrear en cada instante, un campo amoroso que posibilite proyectarse en el futuro.
Quiero concluir con el dicho chino, acápite de una nota anterior, tomado del libro “Mujeres sin cielo” de la escritora Pearl Buck, Premio Nobel de Literatura 1938:
“Temer es no sembrar a causa de los pájaros”.